miércoles, 20 de febrero de 2008

Dulce, dulce filo.

Lo mira a los ojos y le sonríe (con esa sonrisa que da escalofríos) y con su mano derecha agarra el cuchillo que está apoyado sobre sus piernas (la forma en que agarra el cuchillo da escalofríos) y se lo pasa suavemente por sus muñecas, comenzando a sangrar de a poco. La sangre es cada vez más oscura, cada vez más espesa. Una gota cae al suelo y se estrella manchando el porcelanato blanco. Y ella sigue mirándolo y sonriéndole. Y él ahora está llorando. Se quiere acercar y no sabe como. Y ella continúa lastimándose. Cuanto más siente el frío filo del cuchillo mezclado con la calidéz de su sangre, más sonríe, se está divirtiendo, lo está disfrutando. Él está llorando. No soporta más verla lastimarse y se va. La besa y se va. Cuando ella ve que termina de atravesar la puerta y esta se cierra ruidosamente, agarra un pañuelo, limpia la sangre, se levanta de la silla y cagándose de risa se dirige hacia su habitación, pensando en lo tonto que es él al tenerle miedo a la sangre.