(fragmento de un proyecto de cuento)
Ella y Él se amaban, pero hacía poco que se habían dado cuenta de eso. Se necesitaban enfermizamente y con los ojos cerrados. Se odiaban tanto que llegaban a quererse, se obsesionaban tanto que se lastimaban hasta sangrar, sin poder decir basta.
Él estaba de novio y por casarse, aunque no quería ni necesitaba ni le interesaba hacerlo. Quería a su novia (o eso creía) pero no tanto como se amaba a él, como se amaba a él cuando estaba con Ella (no, Ella no era su novia) como la amaba a Ella cuando estaba con él. “Es que su piel, su perfume, sus manos, su sexo, su voz…” Y así los días de lluvia pasaban como si no fueran a terminar nunca, mientras los preparativos de la boda en Adrogué continuaban sin un fin específico. Sin iglesia, sólo papeles. Sólo “sí, acepto” y un beso y a dormir. Sólo “sí, mamá, no me internes, estoy casado, soy un hombre ahora. Sí mamá, te amo, la amo, adiós. Mamá.”
Había muchas sonrisas el último día que Él fue soltero. Nada de fiestas, sólo un poco de alcohol y música, mucha música y amigos y más discos y más alcohol, y Ella. O simplemente sólo Ella. “Pero mejor pago yo, mi amor. En el resumen de la tarjeta va a decir el nombre del hotel.” Y ahí un no me importa seco y prepotente y saca la billetera y el documento y paga Él. “No es muy lujosa la habitación, pero…” -Sí, pero estamos juntos- quería decir siempre que estaba con Ella, pero se olvidaba. De a ratos se olvidaba que la amaba.