domingo, 13 de enero de 2008

Tercera persona

Era demasiado temprano como para dormirte, pero demasiado tarde como para mantenerte despierta. De a poco se te cerraban los párpados confundidos con luces y movimientos que te aturdían y te provocaban la necesidad de estar en movimiento constante.
Cuando por fin tus pestañas superiores chocaban las inferiores él se aparecía como por arte de magia, como si no quisiera dejarte dormir en paz.
Podías verlo a los ojos pero todo era vacío. Mordiste suavemente tus labios cuando viste su boca. De repente una sensación extraña te recorrió de punta a punta y el deseo de besarlo crecía sin cesar hasta volverse incontrolable. Entonces lo besabas, las lenguas se mezclaban ferozmente pero con ternura mientras las manos se buscaban desesperadas y a lo lejos se escuchaba esa música que tato les gustaba, esa canción que escuchaban juntos, esos acordes de esa guitarra en esa habitación en ese cielo en ese día en ese momento en
Cuando sentiste esa conexión inexplicable que sólo sentías con él, se escuchó un ruido, lejano pero fuerte, fuerte pero dulce; dulce como ese momento, como sus labios, como sus manos, como la tibia humedad que los cubría.
Pasó el estruendo y abriste los ojos. Abriste los ojos y ahí estaba él. Ahí estaba él parado en frente tuyo. Parado en frente tuyo y con sus ojos perdidos en vos, como si hubieran imaginado lo mismo, como si nada de eso hubiera sido irreal.