lunes, 24 de noviembre de 2008
quise cerrar los ojos pero me dolían (un poco, lo necesario como para que el movimiento resulte lo suficientemente molesto y evitarlo). quizás porque. no, por eso no. la cuestión es que no pude dejar de mirarlo. era como una maldición, una especie de hechizo. un minuto, dos minutos. nada, los ojos seguían abiertos y sin intención de cerrarse o desviarse. de a poco me fui acercando, algo me llamaba, su piel me llamaba, o su alma, o su silencio. no llegué a tocarlo pero mi respiración delató mi presencia, quizás inoportuna. no me dijo nada, por suerte, o por dios.